El muro de Berlín se acababa de caer hacía poco tiempo. Recuerdo ver las noticias llena de gente frenética armadas con combas atacando la pobre pared esa y yo sin entender nada de nada, salvo una ligera molestia por mis simpatías inocentes hacia el universo soviético, creo que inculcadas por mi padre, revolucionario en los sesentas. No era conciente de lo trascendente de lo que estaba sucediendo: ¡una época estaba muriendo ante mis ojos! Seguro que estaba más preocupado en terminar la primaria, en el verano que se venía o en los juegos en la parte de atrás de mi casa con mi hermano, donde construíamos ciudades, carreteras, puentes, aeropuertos, estadios y cuarteles, los cuales siempre destruíamos al jugar a la guerra.
Total, tenía sólo 12 años.
No recuerdo muchos detalles del verano del noventa. Lo más saltante es ver a mi padre llegando de la pequeña fábrica de reciclaje de plásticos que tenía en Chorrillos, anunciando el robo de todas sus máquinas ―fue el vigilante del local― y la suspensión del viaje de vacaciones a Cajamarca (al final, acabamos yendo. Fue la vez que vi a mi prima Mónica con una gran quemadura en una de sus piernas, la que ya estaba cicatrizada. Lo terrible para ella es que muchas personas la veían sin soslayos, mirando descarados la costra enorme que tenía). Seguro que fue un verano usual, lleno de horas de piscina, baños de sol y más piscina. Lo mejor de la infancia.
(Ese viaje, ahora que lo pienso, fue el último que hicimos como familia. En 1994 viajé de nuevo a Cajamarca sólo con Gabriel, y en 1996 fui con mi madre, mi tía Nelly y mi primo Hugo a Chiclayo, a la primera comunión de la hija de mi tía Haydee. De allí, nada más)
En marzo ya estaba bastante ansioso por el primer año de secundaria. Varios me hablaban que ahora si “estudiaría de verdad, no suavecito como antes. Te dejarán trabajos enormes y deberás ir a bibliotecas” pero el trauma principal era el ser lo más grandes antes y ahora los menores, la escoria, los más indignos, los niñitos. Al menos, todos mis amigos estarían allí, lo cual era un alivio. La verdad, los años de primaria fueron buenos, agradables, tranquilos. Ensimismado en mis cosas simples, la pasaba bien.
Un día ―mejor dicho, una noche― apareció la policía en nuestra casa. Mis padres habían salido desde temprano, y los cuatro hermanos estábamos solos. Adultos desconocidos nos invadieron, rebuscando todos los rincones tratando de encontrar algo de lo que yo no estaba seguro, aunque en el fondo sí lo sabía bien. Horas después llegó mi madre acompañada por más gente, algunos vestidos más elegantemente, buscando las mismas cosas por todos lados. Estos policías hurgaron, se llevaron lo que quisieron y dejaron abierta la puerta de la cochera, lo que hizo que a las dos de la mañana los perros escaparan y yo tenga que ir a perseguirlos por toda la calle Los Cerezos, casi llegando a Los Almendros.
― “Sube, te llevo y así los agarramos más rápido” ― me dijo uno de ellos.
Imposible, prefería caminar hasta el centro de Lima de ser necesario. Tenía un enorme sancochado en la cabeza. ¿El honor es su divisa? ¿Era honor robarse las cosas de una casa, cosas que no les pertenecían?
La mañana siguiente ellos seguían allí, pero como a las nueve llegaron más, en relevo de los que pasaron la noche en mi casa. Uno de los recién llegados, con una panza más grande que la de una embarazada ad portas de un alumbramiento, me llamó a un lado, y conversó conmigo.
― “Tienes que decirnos donde están las cosas que buscamos. Si nos dices, ayudarás a tus padres y podrán salir rapidito”
― “De verdad, no sé nada” ― le respondí al agente. Algo me decía que lo que me decía el policía era una mentira monumental, más grande que el avión que pasaba por sobre nosotros en ese instante. El sancochado en mi cabeza se hizo más espeso. O sea, ladrones y mentirosos resultaban ser estos que se supone se encargaban de resguardarnos, que se supone nos protegían de los malos.
Esa tarde todos ellos se fueron y nos dejaron solos en la gran casa. Gabriel tenía cinco años, Gema cuatro, y con Nancy (de diez) hicimos un esfuerzo para tratar de que mantengan la calma. En ese momento observé la solidaridad humana en su máxima expresión, pero también la miseria de algunas almas que se aprovecharon de nuestro desconocimiento. Mi madrina nos trajo una cena todas las noches, sin falta, complementada de muchas frutas; Juanjo, un amigo de mis padres de su antiguo barrio entre Guzmán Blanco y Wilson, en el centro, vino varias veces a dejaros dinero; la familia directa también se portó de primera con nosotros. Sin embargo, el jardinero de la casa, que sabía que mis padres habían tenido un problema y no estaban, venía a diario a cobrar por el servicio hecho. Pero el pago pactado (desconocido por mí) era como 10, y él me pedía como 50. Al final le pagué con el dinero de Juanjo, pero todo salió a la luz cuando volvieron mis padres tres semanas después. Recuerdo el escándalo que mi mamá le armó al señor en la puerta de su casa por abusar de nosotros y aprovecharse de la situación.
Me sentí tan frustrado. Parecía una persona buena gente. Aunque quizá era culpa de Alan García y la hiperinflación que le regaló al Perú en su gobierno de 1985 a 1990. La verdad, no lo sé.
Para los almuerzos se ofreció mi tía Judith, con la condición de que yo fuera a recogerlo todos los días a su casa en San Isidro, cerquita al cruce de la Javier Prado con Salaverry. No era un problema porque ya a esa edad conocía bastante de Lima, pero las clases comenzaban pronto (mi colegio tenía la primaria de ocho a doce y media, con la secundaria de una a seis). Día a día, entonces, la rutina era tomar desayuno, ir a donde mi tía a traer el almuerzo, y esperar la cena que mi madrina traía. ¿Qué pasaría cuando comenzara el colegio? El horario se estrechaba mucho, y eso me tenía muy nervioso. No quería llegar tarde.
El primer día de clases me alisté de la mejor forma pero se complicó todo en la casa de mi tía, por lo que demoré y no me dio tiempo de almorzar. Así nomás, fui al colegio llegando apenas, jadeando por correr casi todas las ocho cuadras de distancia desde mi casa. Rápidamente me acomodé en la formación (por lo general mi lugar era el último por ser el más alto), cantamos la Marcha de Banderas y el Himno Nacional, se rezó un Padre Nuestro con un Ave María, y luego llegó el aburrido discurso del director de ese entonces, un nombre que olvidé por completo.
Tampoco recuerdo nada de lo que decía. Seguro las mismas cosas aburridas y repetitivas de siempre. Sólo que, poco a poco, comencé a ver todo cada vez más y más blanco, como si una nube estuviera bajando del cielo a nuestro patio, como si el día se hubiera puesto invernal con la neblina, pero sumado a una enorme pesadez en mi cabeza. El sol estaba en todo su furor con los rezagos del verano y yo no veía nada. Me quería caer. Deseaba romper la formación e ir a los baños, a mojarme. Imagino que esto era causado porque los desayunos preparados por niños no eran los mejores, porque no almorcé, por el sol de los infiernos que ese día caía. Y el director de porquería que no dejaba de hablar.
― “Javier, por favor, no me siento bien, me voy a apoyar en ti un rato” ― le dije a Javier Rojas Palma, que estaba delante de mí y no se hizo problemas, a pesar que sólo nos conocíamos de vista. Di un paso adelante y tomé uno de sus hombros para no perder estabilidad. Así, subsistí por toda la perorata hasta que finalmente entramos a nuestras aulas. La nuestra era la última del primer piso, entrando al colegio a la derecha. Me senté, apoyando mi cabeza sobre la mesa de inmediato. Gracias a Dios ese día casi no hubo clases, como era usual en los primeros días de escuela, pudiendo descansar lo suficiente.
Tres días después llegó la escarlatina, la que descubrí tomando una ducha en casa de mi tía Judith mientras esperaba que terminaran el almuerzo. Mi tío Elías me llevó a un médico y me compró todas las medicinas que tomé por un tiempo, hasta que mis manos se acabaron de pelar y desaparecieron las erupciones. Después de eso, mis padres volvieron, con una evidente flacura y sin el auto Toyota Corona porque se lo quedó la policía (años después lo recuperarían, casi en estado de chatarra). El juicio que comenzó para que los indemnicen aún no termina, una década después. ¡Ay, justicia peruana…!
Con mis padres en casa, las clases pudieron ser normales (si alguna vez existió la normalidad). Ahora sí, bienvenida secundaria.